Hacía ya ocho años que Benito Zambrano no estrenaba película y ahora vuelva a la arena con Intemperie, un western ambientado en la posguerra española.
Un niño escapa de su pueblo y queda a la intemperie en su huida hacia adelante y a ninguna parte mientras es perseguido por el capataz de ese pueblo y durante su travesía encuentra a un pastor con el que entabla una relación que será definitiva para ambos.

Adaptando la novela homónima de Jesús Carrasco y con guion a seis manos entre el director, Pablo y Daniel Remón, la estepa andaluza se asemeja al lejano Oeste en este drama que nos cuenta un episodio de nuestra historia pero de manera completamente distinta. El director vuelve a expresar un gran compromiso con la memoria histórica como ya demostró con su anterior película, La voz dormida que también contaba una historia contextualizada en esta época y también adaptaba una novela, en este caso la de Dulce Chacón.
Atravesando la aspereza desértica este camino puede ser demasiado árido en una narración donde el tramo medio es dominado por cierto tedio que se fuga entre asaltos poniendo a prueba a sus personajes.

Sin faltar a la verdad, Intemperie es correcta en todo momento, quizá incluso demasiado. Su pulcritud visual es la gran valía del film. Espléndidas localizaciones y planos del paisaje, perfectamente fotografiado por Pau Esteve Birba, la acorde y perfecta música de Mikel Salas y la afinada composición de Javier Ruibal visten una película que luce mucho más que el poso que deja.

Protagonizada por el niño Jaime López que ya brilló en Techo y comida de Juan Miguel del Castillo y por un Luis Tosar un poco deslavazado. En el reparto aparecen actores en personajes episódicos como Manolo Caro o Mercedes Hoyos donde Zambrano se luce como director de intérpretes. Y como el villano incansable, un Luis Callejo que cumple con su buen hacer.
La película fue el film inaugural del último Festival de Valladolid y es uno de los estrenos del último tercio de este 2019.

Su ejercicio de estilo casi adherido al género de forma arbitraria es un aliciente que le da un aire distinto a la película. Y aunque sea muy distinta porque en aquella el tono más cercano al cómic le daba un valor añadido, como ocurría en Sordo de Alfonso Cortés-Cavanillas sus escenarios, su factura técnica y su producción realzan su visionado.

Nota: 5,5.

Chema López

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